Sunday, 9 November 2014

De Ayotzinapa somos todos responsables.


Quien diga que en México las cosas no cambian, se equivoca. Las cosas han venido cambiando para mal desde hace mucho tiempo.
Todos jalamos el gatillo. Compramos las balas que atravesaron el cuerpo de los estudiantes, pusimos en la mano de la policía la pistola que se disparó y elegimos al presidente municipal que dio la orden de desaparecer a los 43 estudiantes.
En los últimos días la opinión pública internacional vuelca las miradas a México y a la más reciente matanza de civiles inocentes. La actitud generalizada de la sociedad mexicana ante este grave hecho es de indignación. Esta indignación se entiende en los dos primeros minutos después de saberse lo ocurrido; pero sin duda es una reacción completamente hipócrita de una sociedad que no tiene como recurso de justificación otra cosa que la completa complicidad.
Los hechos se dan en un ambiente muy deteriorado donde la sociedad entera se manifiesta y exige respuestas, cuando las respuestas están en la actitud misma de la sociedad. Esta sociedad que irresponsablemente ha practicado una mediocre acción democrática frente a sus instituciones y que en cualquier oportunidad, ve en el ejercicio de la corrupción una ventaja sobre el sistema y en consecuencia un atentado hacia la sociedad misma. Estas situaciones no son nuevas, acontecimientos de este tipo han venido sucediendo en México desde hace varias décadas. Todos ellos relacionados con la corrupción y el deterioro de las instituciones en México. El reclamo de la sociedad, aunque ineficiente, tampoco es nuevo.Al parecer lo que cambia en este caso es la novedosa participación de la sociedad vía las redes sociales, en donde no solo la opinión influye los grandes grupos sino también hace parecer la esta protesta activa y contundente. Este juego de las redes ha sido el gran escenario para la indignación bien complementado con un recurso para la convocación masiva la cual es más una catarsis que una acción política consciente.
Este es el mito de las redes sociales, las cuales informan o des-informan de manera paralela y que hoy sirven para lanzar el grito internacional de ayuda al extranjero, en una posición de víctimas de un estado que nosotros mismos elegimos. Esta reacción hacia el exterior, debería de ser de vergüenza por permitir que las cosas llegaran hasta donde hoy han llegado. Tenemos las manos manchadas de sangre porque cuando ejercemos nuestro voto (o dejamos de hacerlo), no hacemos conciencia de nuestras acciones. Dejamos en la tinta del marcador la esperanza de que las cosas van a cambiar mágicamente como si llenáramos una boleta del “Melate” esperando obtener los números ganadores. La sociedad hoy indignada es la misma que ha visto corrupción por muchas décadas y que ha colaborado activamente alimentándola. En Mexico la función publica en cualquier nivel se presenta como una oportunidad de riqueza.

Hoy por parte de la sociedad mexicana existe una negación de esta complicidad. Comparto en parte la posición de EPN al decir que la corrupción es un problema cultural. Lo es por definición al ser parte de las creencias y las pautas de conducta de la sociedad . Lo que no comparto es que la definición de cultura dista mucho de ser un primer paso para la resolución del problema. Y desde que EPN desconoce en mucho significados como el de Cultura (entre otros), es posible que desconozca su capacidad de acción en la resolución del problema. Lo interesante entonces, no es que EPN tenga o no poca idea de lo que es la corrupción, lo interesante es que entre todos aquellos interlocutores que critican está débil definición propuesta por EPN, no exista la capacidad de darle el lugar que corresponde a este hoy definido como fenómeno cultural llamado corrupción, como parte de un comportamiento patológico inherente de la sociedad mexicana. No espero llegar a ninguna definición ni debatir la existente, pero si tratar dejar en claro que cualquiera que sea la definición, los mexicanos somos capaces de reconocer la corrupción y más importante, de ejercerla y promoverla. Esto nos hace cómplices de una acción social, que solo puede evitarse cuando algo o alguien ejerce una acción contraria sobre la misma. Si bien es evidente que el impacto de corrupción en la sociedad no es la misma cuando es el estado quien la ejerce, en cada acción corrupta a cualquier nivel, la motivación es la misma. La corrupción esta motivada por la necesidad de satisfacer los intereses personales por encima de los colectivos; lo cual es un comportamiento que en los mexicanos genera muy poca culpa. Es entonces cuando perdemos la percepción del impacto de nuestras acciones y dejamos pasar frente a nuestros ojos comportamientos que son aceptados mientras no nos afecten de manera directa.
La actitud colectiva de víctimas es incompatible con una nación que cuenta con las instituciones para ejercer la legalidad y la democracia. Somos víctimas de nuestros actos porque son estos los que motivan y promueven la corrupción hasta estos aberrantes niveles. Es la serpiente que se traga su cola y de la cual negamos la cabeza. Tenemos poca vergüenza al alzar la voz a extranjero y pedir apoyo en algo que todos hemos generado. El clima de impunidad lo hacemos todos en cada uno de los actos individuales de corrupción. Las manifestaciones publicas deben voltear la mirada hacia la sociedad y exigir de base que la corrupción sea abolida en todos los niveles. La gente debe de entender que el cambio está en el comportamiento de todos y que cada acto de corrupción es en si una gota de sangre que se derrama hoy y que formará ríos de sangre.

Eventualmente saldrán a la luz las caras de los que cometieron este innumerable crimen. Gente que como los normalistas tiene una historia la cual los llevó a hacer lo que hicieron y todos nos preguntaremos por que una persona es capaz de hacer algo tan espantoso. La respuesta es simple, lo hicieron porque en Mexico esto se puede hacer sin que nadie haga algo para detener el acto y mucho menos para perseguir el delito. Matar y desaparecer a una persona es tan fácil de hacer como lo es sobornar a un policía al pasarse un alto, pagar por obtener una licencia de construcción, ganar una licitación con ayuda de los compadres o pasar una verificación vehicular con un carro en mal estado. Todos los actos anteriores son delitos y todos los hemos hecho en algún momento sin culpa alguna. Somos nosotros los que tenemos las respuestas a estos actos. Si vamos a exigir a las autoridades que ejerzan su labor de procurar la ley, comencemos por cumplir y no promover la corrupción.
De Ayotzinapa somos todos responsables.

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