Quien diga
que en México las cosas no cambian, se equivoca. Las cosas han
venido cambiando para mal desde hace mucho tiempo.
Todos jalamos
el gatillo. Compramos las balas que atravesaron el cuerpo de los
estudiantes, pusimos en la mano de la policía la pistola que se
disparó y elegimos al presidente municipal que dio la orden de
desaparecer a los 43 estudiantes.
En los últimos
días la opinión pública internacional vuelca las miradas a México
y a la más reciente matanza de civiles inocentes. La actitud
generalizada de la sociedad mexicana ante este grave hecho es de
indignación. Esta indignación se entiende en los dos primeros
minutos después de saberse lo ocurrido; pero sin duda es una
reacción completamente hipócrita de una sociedad que no tiene como
recurso de justificación otra cosa que la completa complicidad.
Los hechos se
dan en un ambiente muy deteriorado donde la sociedad entera se
manifiesta y exige respuestas, cuando las respuestas están en la
actitud misma de la sociedad. Esta sociedad que irresponsablemente ha
practicado una mediocre acción democrática frente a sus
instituciones y que en cualquier oportunidad, ve en el ejercicio de
la corrupción una ventaja sobre el sistema y en consecuencia un
atentado hacia la sociedad misma. Estas situaciones no son nuevas,
acontecimientos de este tipo han venido sucediendo en México desde
hace varias décadas. Todos ellos relacionados con la corrupción y
el deterioro de las instituciones en México. El reclamo de la
sociedad, aunque ineficiente, tampoco es nuevo.Al parecer lo que
cambia en este caso es la novedosa participación de la sociedad vía
las redes sociales, en donde no solo la opinión influye los grandes
grupos sino también hace parecer la esta protesta activa y
contundente. Este juego de las redes ha sido el gran escenario para
la indignación bien complementado con un recurso para la convocación
masiva la cual es más una catarsis que una acción política
consciente.
Este es el mito
de las redes sociales, las cuales informan o des-informan de manera
paralela y que hoy sirven para lanzar el grito internacional de ayuda
al extranjero, en una posición de víctimas de un estado que
nosotros mismos elegimos. Esta reacción hacia el exterior, debería
de ser de vergüenza por permitir que las cosas llegaran hasta donde
hoy han llegado. Tenemos las manos manchadas de sangre porque cuando
ejercemos nuestro voto (o dejamos de hacerlo), no hacemos conciencia
de nuestras acciones. Dejamos en la tinta del marcador la esperanza
de que las cosas van a cambiar mágicamente como si llenáramos una
boleta del “Melate” esperando obtener los números ganadores. La
sociedad hoy indignada es la misma que ha visto corrupción por
muchas décadas y que ha colaborado activamente alimentándola. En
Mexico la función publica en cualquier nivel se presenta como una
oportunidad de riqueza.
Hoy por parte
de la sociedad mexicana existe una negación de esta complicidad.
Comparto en parte la posición de EPN al decir que la corrupción es
un problema cultural. Lo es por definición al ser parte de las
creencias y las pautas de conducta de la sociedad . Lo que no
comparto es que la definición de cultura dista mucho de ser un
primer paso para la resolución del problema. Y desde que EPN
desconoce en mucho significados como el de Cultura (entre otros), es
posible que desconozca su capacidad de acción en la resolución del
problema. Lo interesante entonces, no es que EPN tenga o no poca idea
de lo que es la corrupción, lo interesante es que entre todos
aquellos interlocutores que critican está débil definición
propuesta por EPN, no exista la capacidad de darle el lugar que
corresponde a este hoy definido como fenómeno cultural llamado
corrupción, como parte de un comportamiento patológico inherente de
la sociedad mexicana. No espero llegar a ninguna definición ni
debatir la existente, pero si tratar dejar en claro que cualquiera
que sea la definición, los mexicanos somos capaces de reconocer la
corrupción y más importante, de ejercerla y promoverla. Esto nos
hace cómplices de una acción social, que solo puede evitarse cuando
algo o alguien ejerce una acción contraria sobre la misma. Si bien
es evidente que el impacto de corrupción en la sociedad no es la
misma cuando es el estado quien la ejerce, en cada acción corrupta a
cualquier nivel, la motivación es la misma. La corrupción esta
motivada por la necesidad de satisfacer los intereses personales por
encima de los colectivos; lo cual es un comportamiento que en los
mexicanos genera muy poca culpa. Es entonces cuando perdemos la
percepción del impacto de nuestras acciones y dejamos pasar frente a
nuestros ojos comportamientos que son aceptados mientras no nos
afecten de manera directa.
La actitud
colectiva de víctimas es incompatible con una nación que cuenta con
las instituciones para ejercer la legalidad y la democracia. Somos
víctimas de nuestros actos porque son estos los que motivan y
promueven la corrupción hasta estos aberrantes niveles. Es la
serpiente que se traga su cola y de la cual negamos la cabeza.
Tenemos poca vergüenza al alzar la voz a extranjero y pedir apoyo en
algo que todos hemos generado. El clima de impunidad lo hacemos todos
en cada uno de los actos individuales de corrupción. Las
manifestaciones publicas deben voltear la mirada hacia la sociedad y
exigir de base que la corrupción sea abolida en todos los niveles.
La gente debe de entender que el cambio está en el comportamiento de
todos y que cada acto de corrupción es en si una gota de sangre que
se derrama hoy y que formará ríos de sangre.
Eventualmente
saldrán a la luz las caras de los que cometieron este innumerable
crimen. Gente que como los normalistas tiene una historia la cual los
llevó a hacer lo que hicieron y todos nos preguntaremos por que una
persona es capaz de hacer algo tan espantoso. La respuesta es simple,
lo hicieron porque en Mexico esto se puede hacer sin que nadie haga
algo para detener el acto y mucho menos para perseguir el delito.
Matar y desaparecer a una persona es tan fácil de hacer como lo es
sobornar a un policía al pasarse un alto, pagar por obtener una
licencia de construcción, ganar una licitación con ayuda de los
compadres o pasar una verificación vehicular con un carro en mal
estado. Todos los actos anteriores son delitos y todos los hemos
hecho en algún momento sin culpa alguna. Somos nosotros los que
tenemos las respuestas a estos actos. Si vamos a exigir a las
autoridades que ejerzan su labor de procurar la ley, comencemos por
cumplir y no promover la corrupción.
De Ayotzinapa somos todos responsables.
De Ayotzinapa somos todos responsables.
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